A estas alturas de enero de 2026, si me presento, lo más probable es que nadie sepa quién soy. No tengo patrocinadores, ni marcas de surf que respalden mis viajes, ni una cuenta bancaria infinita. Soy, sencillamente, un cliente más que paga su entrada en los parques de surf. Trabajo a jornada completa en una organización sin ánimo de lucro y ahorro cada céntimo con un objetivo muy claro: surfear tantas piscinas de olas como existan en el mundo. No busco la fama, sino superar mis propios límites en esta obsesión personal que, hasta la fecha, me ha dado exactamente cero euros de beneficio, pero muchísimas satisfacciones.
El reto de las veintisiete piscinas
Mi trayectoria como surfista amateur me ha llevado ya a tachar 27 parques de surf en mi lista global. He recorrido 26 ciudades en 10 países diferentes, probando hasta 15 tecnologías de generación de olas distintas. En total, acumulo más de 125 sesiones entre olas de desplazamiento —las que todos imaginamos al pensar en un surf park— y olas estáticas o estacionarias. Esta travesía es fruto del esfuerzo personal y de una planificación meticulosa, lejos del glamour de los profesionales, pero con la misma intensidad.
Surfear bajo cero: la realidad del invierno canadiense
Mientras que yo busco la perfección mecánica de las piscinas, otros encuentran su adrenalina en los entornos más hostiles del planeta. En Canadá, cuando el termómetro se desploma y la mayoría busca refugio en casa, surfistas como Vesa Luomaranta se lanzan al agua. No hablamos de esquí ni de hockey, sino de enfrentarse a las olas del Lago Superior en pleno invierno. Luomaranta, que regenta una tienda de surf en Ontario, lo tiene claro: se hace por puro amor al deporte. Aunque las condiciones disten mucho de la calidez de Hawái, asegura que en Canadá no faltan lugares para surfear, siempre que uno esté dispuesto a lidiar con el hielo y la nieve.
El encanto de lo extremo y la comunidad del frío
Para muchos entusiastas, las olas invernales tienen un carácter especial que no se encuentra en el trópico. Jess Dimis, que ahora enseña en una escuela de surf en Tofino, reconoce que su primera vez en aguas gélidas fue un punto de inflexión. A pesar de haber empezado en las cálidas costas de Costa Rica, la experiencia en la Columbia Británica le cambió la vida. Existe una especie de mística en el sufrimiento que conlleva el frío; así lo describe Dean Petty, surfista con raíces en el Atlántico Norte. Según Petty, el hecho de que sea una actividad tan dura hace que la comunidad sea más pequeña, pero también mucho más unida.
Seguridad y supervivencia a tres grados
No todo es romanticismo cuando el agua ronda los 3 °C. La seguridad es primordial y el equipo adecuado no es negociable. Luomaranta confiesa que, además del neopreno grueso —imprescindible para no sucumbir a la temperatura—, suele añadir capas extra debajo. Lo peor, admite, no es el tiempo que pasas en el agua, sino el momento de salir: regresar al coche empapado y cubierto de una fina capa de hielo es el verdadero desafío.
Para quienes, como Jess Dimis, han hecho del surf su profesión, ver cómo a los principiantes les cambia la cara al coger su primera ola en estas condiciones compensa cualquier helada. Es una sensación difícil de explicar, una mezcla de felicidad y superación que, ya sea en una avanzada piscina de olas o en mitad de un temporal en Canadá, sigue siendo el motor que nos mueve a los que vivimos por y para el mar.